top of page

TESTIMONIO: "¡Alegría en el abandono a Dios!"

  • Foto del escritor: Blog PFSGM
    Blog PFSGM
  • 31 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

¡Paz y bien!

 

El tema que quiero intentar tratar en este artículo es el del abandono a Dios, un "tema delicado" para mí, ya que nunca me he abandonado completamente en las manos de alguien, ni siquiera en las relaciones más estables. Siempre he intentado arreglármelas sola, con la convicción de que podía resolver cualquier cosa por mí misma, en cada circunstancia más o menos complicada de la vida. Esto me ha llevado a desarrollar una necesidad de controlar todo, tratando de prever y prevenir las reacciones de las personas, manejar ciertos eventos, evitar o limitar las consecuencias futuras, etc. Pero créanme, es frustrante encontrarse en determinadas circunstancias y sentirse impotente. Porque esta es la verdad: no todo depende de nosotros, sino que hay Alguien que tiene la posibilidad y la capacidad de cambiar el curso de los acontecimientos, que puede ayudarnos en las situaciones complicadas, que tiene nuestra vida en sus manos (cfr. Is 49,16).


No fue fácil para mí entrar en este mecanismo de confianza y abandono total en Dios. A día de hoy sigo trabajando en ello. Pero gracias a mi guía espiritual, la hermana Verónica, me di cuenta de que no estoy sola en el manejo de mi vida, sino que si me entrego confiadamente en sus manos, entonces Él puede hacer mucho más y mucho mejor de lo que yo pude. No se trata solo de saber que Dios está siempre con nosotros, que nos ayuda y nos protege, etc. pueden parecer clichés, palabras tranquilizadoras, pero para comprender plenamente el significado del abandono, hay que experimentarlo.

Voy a intentar relatarles brevemente una experiencia propia.

Cuando decidí partir para pasar unos días con las PSGM, por varias razones que no voy a explicar aquí, estaba un poco inquieta por el viaje y la estancia en el convento. Unos días antes de partir, junto con las hermanas, rezamos el Santo Rosario Meditado en línea y, al final, abriendo la Biblia al azar, leí este versículo del Salmo 121,8: “El te protegerá en la partida y el regreso, ahora y para siempre.”. ¡Un mensaje alentador de parte de Dios! Con gran confianza en esta Palabra, emprendí mi experiencia. Tal como el Señor me había hecho entender, el viaje salió bastante bien; sin embargo, durante mi estancia ocurrió algo imprevisto que alteró un poco mi calma: ¡todas nos contagiamos de coronavirus y eso cambió todo! El simple hecho de no encontrarme en casa en ese estado de enfermedad me generó cierta preocupación los primeros días. Además, el período de cuarentena alteró por completo mis planes. Pero no tenía otra opción; había muy poco que hacer. Estábamos enfermas y teníamos que quedarnos en el convento hasta que nos recuperáramos. Entonces, le pedí al Señor que me ayudara, primero para no perder la paz y controlar mi hábito de querer controlar todo, y luego para que, ante mi impotencia en esa circunstancia, fuera Él quien gestionara todo y resolviera cada cosa. Al terminar de rezar sola, comenzamos todas juntas el Santo Rosario. Durante el breve canto final, dediqué otro pensamiento a esta situación y repetí para mí: “Jesús, encárgate tú; te pido que sigas ayudándome como lo has hecho hasta ahora”. Tomé un papelito del cesto que contenía varios versículos de la Biblia y, para mi sorpresa, ¡leí exactamente el mismo versículo que el Señor me había dado unos días antes: “El Señor te protegerá al salir y al regresar, desde ahora y para siempre”!

 

Sonreí y le di gracias al Señor, que una vez más había reafirmado Su protección sobre mí, y continué mi experiencia con mucha serenidad. Esta tranquilidad que sentía, debido a la certeza de Su vigilancia, no se limitaba solo a un estado de ánimo, sino que se fortalecía al ver cómo, realmente, día tras día, las cosas se iban resolviendo “solas”, como si Alguien estuviera armando un rompecabezas que yo no era capaz de ensamblar, colocando cada pieza en su lugar. A pesar de nuestra enfermedad, los días transcurrieron serenamente y en armonía; los imprevistos causados por la situación inesperada no generaron ningún contratiempo serio. Todo salió mejor de lo que pensaba, solo porque, en total abandono, dejé que fuera el Señor quien se encargara de cada cosa.

 

Sentí verdaderamente que Dios gestionaba ese imprevisto. Yo simplemente le dejaba hacer, y cuando vi de qué modo extraordinario actuó hasta mi regreso a casa, me sentí acunada “como un niño tranquilo en brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí.” (Sal 131,2).

 

una aspirante PSGM

Comentarios


bottom of page