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TESTIMONIO: de Ana a Sor Jacinta María – Parte II

  • Foto del escritor: Blog PFSGM
    Blog PFSGM
  • hace 7 días
  • 4 min de lectura

Durante un año y medio mantuve correspondencia con el P. Antonio y la Hna. Effata. Mi interés fue creciendo con el paso del tiempo y mi corazón comenzó a anhelar esta vocación. Sin embargo, el miedo y la duda se apoderaron de mí. Pensaba: «¿Será esta otra puerta hermosa, pero cerrada para mí? ¿Cómo podré vivir este carisma, especialmente con mi impedimento del habla?».

El Señor respondió a mis temores por medio de un sueño en el que me veía trabajando en una gruta junto a San Francisco de Asís. Él me leía el testimonio escrito de una religiosa para calmar mis temores y, después, me enviaba a una misión. Más tarde, al hablar de ese sueño con el P. Antonio, me llamaron la atención varias confirmaciones: esta comunidad tiene el carisma franciscano; el Fundador escribió la Regla en una cueva de Italia; y, después de recibir y leer el testimonio de la Hna. Effata, ¡mis miedos desaparecieron, tal como había sucedido en el sueño!

El P. Antonio también me dijo que, en cierto modo, yo me parecía a Moisés. Me recordó que él también tenía un impedimento para hablar y que sintió miedo cuando el Señor lo llamó desde la zarza ardiente...

 

EXPERIENCIA VOCACIONAL CON LAS HERMANAS DE JESÚS Y MARÍA...

Durante las vacaciones de Navidad de 2015, mi corazón dio un vuelco de alegría al tener la oportunidad de viajar finalmente a Luisiana para vivir una experiencia vocacional con las Hermanitas de Jesús y María. ¡Qué hermosos y claros fueron los signos y las confirmaciones que el Señor nos concedió, tanto a mí como a la comunidad, desde el momento en que puse por primera vez un pie en el convento, donde experimenté aquella «sensación profunda e indescriptible de estar en casa»!

La primera confirmación, sin embargo, llegó el día antes de mi visita. Había ido a la misa dominical con mi familia y la lectura del Evangelio era la de la Visitación. En ese momento, creo que no percibí la «coincidencia».

Al día siguiente, lunes, de camino a mi visita a la comunidad, hice una escala en el aeropuerto de Chicago. Tuve que esperar allí durante un tiempo y me puse a buscar la capilla. ¡Parecía una búsqueda del tesoro! Cuando por fin la encontré, vi una nota en la puerta que indicaba que la misa se celebraría a una hora determinada. Miré mi reloj, hice algunos cálculos y pensé: «¡Qué bien! ¡Todavía tengo tiempo de asistir a misa antes de tomar mi vuelo a Nueva Orleans!». Una vez más, la lectura del Evangelio fue la de la Visitación.

Después de aterrizar en Nueva Orleans, conocí al P. Antonio y a la Hna. Effata. Esa noche fui con la comunidad a la misa celebrada en la capilla de San Francisco, de la iglesia de Nuestra Señora del Santísimo Rosario. Por tercera vez, escuché la lectura del Evangelio de la Visitación. ¿Era solo una coincidencia que sucediera tres veces?

Pero eso no fue todo. Durante toda la misa no dejaba de mirar al sacerdote que concelebraba con el P. Antonio, mientras pensaba: «¿De dónde lo conozco?». Algún tiempo después de la misa, me di cuenta de que había reconocido a aquel sacerdote de un sueño que había tenido diez años antes. 

Con toda la emoción de las confirmaciones que Dios iba derramando sobre mí durante ese tiempo, no abrí completamente mi corazón, porque tenía miedo de revivir las decepciones del pasado.

Sin embargo, alrededor de la Navidad, hablé con el P. Antonio y le conté la parte principal del sueño que había tenido un año antes, el 8 de septiembre de 2014. En el sueño, me veía junto a algunos frailes y hermanitas cuando escuché el anuncio de que había sido aceptada en la comunidad.

En la víspera de Navidad ya no pude contenerme. Resonaban en mi corazón las palabras del Salmo 44,11-12: «Escucha, hija, mira, inclina tu oído. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre; el rey se enamorará de tu belleza». Estaba convencida de que el Señor había respondido a mi oración sobre el lugar al que me llamaba y de que había llegado el momento.

Aquella noche pedí ser aceptada para entrar en la comunidad, y mi sueño se hizo realidad. Me recibieron con los brazos abiertos. El sueño había tenido lugar en la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María; ahora, mi vocación nacía en la fiesta de la Natividad de Cristo: ¡la Nochebuena de 2015!

Al año siguiente ingresé en el Aspirantado (que en la comunidad se conoce como la «experiencia de los seis meses», inspirada en las palabras de Nuestra Señora de Fátima: «Ven aquí durante seis meses consecutivos y te diré quién soy y qué quiero de ti»).[1]


CONCLUSIÓN...

Al entrar en el noviciado, recibí el nombre religioso de Sor Jacinta María durante la Misa dominical de los jóvenes en la Catedral de San Francisco de Sales. El 3 de junio de 2021, hice mi 1ª Profesión Temporal de Votos Religiosos.

Rezo y también les pido sus oraciones por mi continua y santa perseverancia, para que pueda cumplir la misión a la que el Señor me ha llamado como Hermanita de Jesús y María.

¡Es realmente asombroso reflexionar sobre cómo el Señor ha estado conmigo todo el tiempo y me ha dado muchas señales, confirmaciones y gracias! Qué hermoso es para mí poder "descubrir continuamente los hilos con los que ha ido tejiendo mi historia" y ver cómo el Señor me ha llevado del abismo a esta alta forma de vida que es la vida consagrada [2] que prefigura el futuro Reino de Dios. No puedo dejar de citar las palabras de María: "El Todopoderoso ha hecho grandes cosas por mí, ¡y santo es su nombre! (Lc 1,47-49).}

 

Comencé este testimonio hablando de mis discapacidades y ahora lo concluyo compartiendo cómo, en esta comunidad, estoy aprendiendo cada vez más a transformar aquello que antes era una fuente de vergüenza en un medio para dar a conocer la gloria de Dios.

Hasta el día de hoy, con la gracia de Dios y mi buena voluntad, me esfuerzo por perseverar en la carrera y superar los obstáculos, manteniendo siempre la mirada fija en mi Amado (cf. Heb 12,1).

 

Sor Jacinta María L.L.



[1] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, El Mensaje de Fátima. Comentario teológico.

[2] Cf. Mt 22,30; PAPA PÍO XII, Sacra Virginitas, n. 2.

 


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