TESTIMONIO: de Ana a Sor Jacinta María - Parte I
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!["Las tinieblas ceden ante la venida de la luz,lo viejo es reemplazado por lo nuevo" [1]](https://static.wixstatic.com/media/4aa96f_060843e0193144ddb04e52ece2916717~mv2.png/v1/fill/w_921,h_367,al_c,q_85,enc_avif,quality_auto/4aa96f_060843e0193144ddb04e52ece2916717~mv2.png)
ACCIÓN DE GRACIAS
«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor» (Sal 116,12-13).
Ante todo, doy gracias a Dios, a la Santísima Virgen María y al «sí» de Fray Volantino al fundar la Comunidad Religiosa de los Pequeños Frailes y Pequeñas Hermanas de Jesús y María. También agradezco la amorosa guía de Sor Verónica como Madre Sierva General; el incansable cuidado del P. Antonio y de la Hermana Effatá por las almas; y el apoyo de mi querida familia. Gracias a todos ellos, hoy puedo escribir y compartir mi testimonio.
EL PRINCIPIO
¡Qué hermoso es contemplar las maravillosas obras de Dios en la propia vida!
La primera, y una de las confirmaciones más claras que he reconocido, ocurrió en 1992. No creo que haya sido una simple coincidencia que Dios eligiera la noche entre la fiesta de San Buenaventura (15 de julio) y la de Nuestra Señora del Carmen (16 de julio) para que yo, Anna Emilia Murphy, naciera. Con el tiempo comprendí que esto tenía un profundo significado, ya que el carisma de nuestra comunidad está inspirado en la espiritualidad franciscana y carmelita.
Sin embargo, poco después de comenzar mi vida, llegó una gran prueba: tuve una reacción muy fuerte a las vacunas que me aplicaron poco después de nacer. Esto afectó mi habla y otras capacidades hasta el punto de que los médicos pensaban que no tendría éxito en la vida, no solo en los estudios, el trabajo o los negocios, sino tampoco en mi desarrollo físico y mental.
Aun así, creo que Jesús sostenía en sus manos su pequeña vasija «rota» (cf. Jr. 18,4) con un propósito (cf. Rom 9,21). Él me dio la oportunidad de crecer, rodeándome de una familia y de amigos llenos de amor y apoyo, que me animaron y ayudaron a avanzar paso a paso, siempre apoyándome en la Sagrada Escritura —gracias a mi padre, que cada noche nos leía historias de la Biblia—, hasta superar un obstáculo tras otro.
CONVERSIÓN
Mi conversión comenzó en 2005, cuando tenía 12 años. Un día estaba en el coro de la Iglesia Episcopal, a la que mi familia había estado asistiendo durante algún tiempo, junto con Megan (una amiga de la familia) y otras personas. En un momento dado, miré a Megan y le pregunté qué estaba haciendo. Ella me respondió que estaba colocando tarjetas en su nueva Biblia y que estaba preparándose para convertirse al catolicismo. Con la sencillez propia de una niña, pensé: «¡Yo también quiero ser católica!».
En la Vigilia Pascual de 2006, en la diócesis de Lansing, Michigan, mi familia y yo fuimos recibidos en la Iglesia Católica y recibimos la Primera Comunión y el sacramento de la Confirmación. Elegí a Santa Inés Mártir como mi santa patrona para la Confirmación y tuve a Megan como madrina.
DISCERNIMIENTO
Pocos días después de mi conversión, Megan vino a nuestra casa y nos mostró un boletín de la comunidad de las Hermanas Dominicas de María, Madre de la Eucaristía. Al hojear sus páginas, me llamó la atención el brillante rayo de luz que parecía irradiar de todas las fotografías de las hermanas (cf. Mt 5,16). Contemplar la luz radiante de gozo y de verdadera felicidad que reflejaban me llevó a pensar con fuerza: «¡Miren! ¡Eso es lo que quiero ser!».
Más tarde, profundicé en la oración y pregunté: «Señor, sé que este es mi deseo, pero quiero saber si también es tu voluntad» (cf. Sal 118,14-16). Después de tres días de intensa oración, Cristo me hizo comprender en lo más profundo de mi corazón (cf. Job 33,14) que esa era su voluntad y que Él quería que yo fuera su esposa.
De la misma manera que una mujer suele llevar un hijo en su vientre durante nueve largos meses, así también, en cierto sentido, llevé mi vocación en el corazón durante nueve largos años. Busqué por todas partes y visité una comunidad religiosa tras otra —dominicas, benedictinas, Misioneras de la Caridad, franciscanas, clarisas, etc.— en busca del lugar al que el Señor me llamaba.
Pregunté a muchas religiosas cómo habían comprendido que «ese» era su lugar, y su respuesta siempre era la misma: tenían «una sensación profunda e indescriptible de estar en casa». Entonces pensaba: «Qué bien... Pero ¿de dónde puedo sacar yo esa sensación?». Me sentía como una oveja perdida. No tenía director espiritual y me encontraba espiritualmente cansada y desesperada. Como seguía encontrando puertas cerradas, me aconsejaban que adquiriera más experiencia de vida, que aprendiera a afrontar el rechazo y que esperara un poco más.
Por sugerencia de un amigo, el Señor me llevó a realizar una pasantía de un año, trabajando para la diócesis de Springfield-Cape Girardeau, en Missouri. Fue allí donde, a través de Facebook, me mostró la comunidad religiosa de los Frailes y Hermanas de Jesús y María...
CONTINUARÁ...
[1] SAN ANDRÉS DE CRETA, Oficio de Lecturas, 8 de septiembre, Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.




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