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REFLEXIÓN: La luz de los consejos evangélicos

Foto del escritor: Blog PFSGM
Blog PFSGM
hace 6 horas
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De la homilía del Papa Francisco en las primeras vísperas de la fiesta de la Presentación del Señor, 1° febrero 2025:

     «Todos ustedes, hermanas y hermanos, que escogieron el camino de los consejos evangélicos, se han consagrado a ese mismo plan luminoso del Padre que se remonta a los orígenes del mundo. Reflexionemos, entonces, en el modo en que, por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia que profesaron, ustedes también pueden ser portadores de luz para las mujeres y los hombres de nuestro tiempo.

     El primer aspecto es la luz de la pobreza. Esta tiene sus raíces en la vida misma de Dios, eterno y total don recíproco del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. ibíd., 21). En el ejercicio de la pobreza, la persona consagrada, con un uso libre y generoso de todas las cosas, se hace para estas mismas, portadora de bendición; porque manifiesta la bondad de ellas en el orden del amor, rechaza todo lo que puede ofuscar su belleza ―el egoísmo, la codicia, la dependencia, el uso violento y con objetivos de muerte― mientras abraza, en cambio, todo lo que la puede enaltecer: la sobriedad, la generosidad, el compartir, la solidaridad. Y Pablo lo dice: «Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios» (1 Co 3, 22-23). Esto es la pobreza.

     El segundo aspecto es la luz de la castidad. También esta tiene origen en la Trinidad y manifiesta un «reflejo del amor infinito que une a las tres Personas divinas» (Vita consecrata, 21). Su profesión, en la renuncia al amor conyugal y en el camino de la continencia, reafirma el primado absoluto, para el ser humano, del amor de Dios, acogido con corazón indiviso y nupcial (cf. 1 Co 7,32-36), y lo indica como fuente y modelo de cualquier otro amor. Somos conscientes de que vivimos en un mundo frecuentemente marcado por formas distorsionadas de afectividad, en el que el principio de “lo que a mí me gusta” —este principio— impulsa a buscar en el otro más la satisfacción de las propias necesidades que la alegría de un encuentro fecundo. [...]

     Hermanas, hermanos: en un contexto de este tipo, frente a «una creciente necesidad de transparencia interior en las relaciones humanas» (Vita consecrata, 88) y de humanización de los vínculos entre los individuos y las comunidades, la castidad consagrada nos muestra —muestra al hombre y a la mujer del siglo XXI — un camino de sanación del mal del aislamiento, en el ejercicio de una manera de amar libre y liberadora, que acoge y respeta a todos y no obliga ni rechaza a ninguno. ¡Qué medicina para el alma es encontrar religiosas y religiosos que sean capaces de relacionarse así, con madurez y alegría! Son un reflejo del amor divino (cf. Lc 2,30-32).

     Llegamos al tercer aspecto, que es la luz de la obediencia. También de ella nos habla el texto que hemos escuchado, presentándonos, en la relación entre Jesús y el Padre, la «belleza liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de responsabilidad y animada por la confianza recíproca» (Vita consecrata, 21). Es precisamente la luz de la Palabra que se hace don y respuesta de amor, signo para nuestra sociedad, que tiene la tendencia de hablar mucho y escuchar poco, en la familia, en el trabajo y especialmente en las redes sociales, donde nos podemos intercambiar cantidad de palabras y de imágenes, sin llegar nunca a conocernos realmente, porque no nos interesamos los unos por los otros.  [...] La obediencia consagrada es un antídoto a tal individualismo solitario, promoviendo, en su lugar, un modelo de relación basado en la escucha efectiva, en la que al “decir” y al “oír” sigue la concretización del “actuar”, y esto aun a costa de renunciar a los propios gustos, programas y preferencias. En efecto, sólo de esta manera la persona puede experimentar al máximo la alegría del don, derrotando a la soledad y descubriendo el sentido de la propia existencia en el gran plan de Dios.

     Muchas gracias a todos ustedes por su testimonio. Es un fermento para la Iglesia. Gracias ».



 
 
 

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